The Grand Budapest Hotel ha sido aclamado como una de las películas más ligeras y más accesibles de Wes Anderson, un jugueteo picaresco inspirado por el escritor austríaco Stefan Sweig, quien escribe Nicholas Lezard.

El escenario es un hotel de grandes proporciones y de larga historia que ya está en su etapa de decadencia. Un hotel imaginario en un país imaginario, ambientado en un periodo de entreguerras.

Es una comedia que Anderson ha calificado como la más violenta que ha hecho, pero que quede claro que es una comedia exquisita.

Las películas de Anderson nos sumergen en mundos fantásticos, donde las historias tienen cercanía con la realidad, pero los espacios donde ocurren – cargado del arte de la miniatura que tanto le gusta – tienen gran inventiva. Este director crea entornos únicos para que sus personajes convivan en ellos. Así lo ha confirmado él mismo. Es que definitivamente el éxito de este director ha sido mezclar historias muy sencillas, casi didácticas con su imagen, que se ha convertido en un complemento primordial de sus textos.

 

Esta película es la mejor lograda hasta el momento. Es un largometraje redondo, de ambientación, que va y viene en el tiempo, es en Europa y hace uso de recursos propios de otros géneros para contar esta historia como el  thriller, el drama, el romance y hasta el western.

Cada detalle del estupendo diseño de arte reafirma lo absurdo de esta historia, confirmando su tono de gran comedia. De El Gran Hotel Budapest no se puede desperdiciar un solo contenido visual, es una película para repetir y repetir.