En un mundo sumergido por la rapidez y la instantaneidad, es fácil dejar pasar esos momentos en donde el puro hecho de estar vivo vale la pena, aquellos en los que cualquier problema pasa a segundo plano.
Fuera del caos que envuelve a la ciudad, existe un paraíso escondido, un territorio aislado lleno de historias que harán dudar de tu raciocinio. Un lugar más allá de las nubes que te dejará sin habla: Mauna Kea, Hawaii.
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Mauna Kea es uno de los cinco volcanes que forman la isla. Su nombre significa “montaña blanca” en Hawaiano, ya que en invierno se cubre de nieve, por lo que, a menos que ames el frío, te recomiendo que vayas en una época del año donde el clima no sea tan extremo. Aún con todo, estar en la cima del mundo, rodeado de nieve, también tiene su encanto.
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El volcán cuenta con 13 observatorios donde es posible admirar la belleza Hawaiana a casi 5 km sobre el nivel del mar. Además, después de estar arriba puedes presumir que has estado sobre la punta más alta de la Tierra. Olvida todo lo que te han dicho, Mauna Kea es más grande que el Everest. Mientras que el Everest tiene una longitud de 5,200m desde la base, Mauna Kea mide 10,200m. La diferencia es que de éste último, más de la mitad de su estructura se encuentra bajo el mar. De cualquier manera, tiene la altura suficiente para que puedas disfrutar de aire limpio y fresco sin rastro alguno de contaminación. Te aseguro que no hay mejor sitio para ver las estrellas, aún sin telescopio.  
Para llegar a la cima hace falta un auto 4×4. Pero créeme, no te arrepentirás. Las nubes quedan por debajo de la montaña y es posible apreciar levemente su desplazamiento. El cielo llega a alcanzar tonos morados, azules y rojizos a medida que el Sol se vaya desplazando, al mismo tiempo que la tierra se torna entre rojo, anaranjado y café. De pronto te encuentras por encima de todo: de la contaminación, de los problemas, del estrés… De un momento otro, todo está bien. Es decir, ¿Cómo es posible estar triste en un lugar tan bello? Estando en la cima, te das cuenta que ante la majestuosidad del Mauna Kea, cualquier situación agobiante, es nada. Y al menos, por un instante, después de todo lo que has pasado, te das cuenta que por el puro hecho de estar admirando tal espectáculo, vivir… vale la pena.  

Por Daniela Ponce en edición de Mario Sierra.

 Daniela Ponce